La imposición de la historiografía en la cultura occidental.

La ciencia de la historia, o podríamos decir, la historiografía, específicamente la historiografía estudiada y conformada por los historiadores de la cultura occidental, es una ciencia que tiene y da mucho de qué hablar al analizarla desde una perspectiva filosófica, es decir, cuando se hace filosofía de la historia.

 Si bien “la historia” (entendida la historia como la ciencia que se dedica al estudio de los hechos) es aceptada y reconocida por la gran mayoría como cierta, como una verdad universal. De algún modo podemos llegar a pensar que esa manera de concebir las cosas parte de una imposición, misma que parte de una serie de intereses, los cuales pueden ser ideológicos, sociales, políticos y hasta económicos por parte de aquellos que han hecho esa historia.

 ¿Y quienes han hecho la historia? La respuesta es fácil y sencilla, fácil de intuir, pero más aún, repetida la respuesta infinidad de veces. Las historias las hacen los vencedores de los conflictos, y como la historia es un conjunto de historias entrelazadas entre sí, tenemos que la historia en general está escrita por los que han vencido en los diferentes conflictos que han dado paso a que haya historia, los que han resultado triunfantes de aquellos cambios que el mundo ha tenido.

Sin duda alguna existe la historia tal cual, los hechos que a lo largo del tiempo realmente han sucedido. Y existe también aquello de lo que hemos hablado en estos primeros párrafos, la ciencia que estudia esos hechos, a lo que también solemos llamar historia. No necesariamente ambas coinciden, o al menos no coinciden por completo. A veces nos cuentan ciertas personas cercanas a nosotros historias que les han sucedido, o cosas de las que han sido testigos, y que sin embargo, nunca hemos visto, y seguro no veremos escrito en los libros que nos aseguran contarnos la historia.

 Los libros de historia parecen estar orientados al estudio de aquellos hechos históricos que han trascendido, que han sido importantes de alguna manera para la humanidad; sin embargo, ¿quién ha determinado lo que puede ser o no importante para la humanidad? ¿quién decide pues lo que ha de aparecer en los libros de historia? Y ¿qué criterios usan para hacer semejante selección?

 Podemos aceptar y reconocer sin mayor problema la imposibilidad de capturar la totalidad de la historia, es más, no podríamos siquiera hacer un recuento de lo que ha sucedido en el último segundo de tiempo en todo el mundo. La cantidad de procesos, hechos, reacciones, movimientos, cambios, etc., es infinita que resulta imposible para seres finitos como lo somos los humanos hacer semejante recapitulación de hechos. Y menos podríamos hacer esa recapitulación cuando nos damos cuenta que cada instante que pasa es un instante de historia más.

 Todo es historia, el mismo presente es ahora historia, porque en el momento en que se enuncia o se piensa es algo que ya pasó. El presente en ese sentido no existe más que como ente metafísico, al igual que el futuro, el cual es incierto. Lo único certero que puede existir es la historia, aunque suele contarse mutilada o distorsionada de acuerdo a ciertos intereses que ya mencionamos. La historia como tal, los hechos que forman esa historia, pasaron como pasaron y eso es lo certero, lo que nadie puede cambiar.

 Pero seguimos con las cuestiones, quiénes y por qué deciden lo que ha de contarse como la historia “oficial”. Por ejemplo, es muy interesante leer la investigación de Martin Bernal, la cual titula Atenea Negra, y en la que habla en su primer volumen de la invención de la antigua Grecia. Según su tesis existen dos modelos de la historia de Grecia, y se habla específicamente de la antigua Grecia porque es lo que lo que occidente considera la cuna de su cultura.

 Los dos modelos son el ario y el antiguo. El primero considera que Grecia es esencialmente europea o aria, el segundo la ve como una civilización medio-oriental, situada en la periferia del área cultural egipcia y semítica. Bernal ha encontrado evidencia de que los griegos siempre consideraron el modelo antiguo como la base histórica de su cultura; sin embargo, a mediado del siglo XIX se impuso y desarrolló el modelo ario como si fuera la verdadera historia de Grecia, sin considerar ya ningún aspecto del modelo antiguo que hasta entonces había sido reconocido oficialmente como la historia.

 Hubo un cambio de paradigma respecto a lo que se consideraba como la historia oficial, puede decirse, hubo un cambio de la ciencia normal1. La historia de Europa está hundida en la ideología del racismo, del antisemitismo y del desprecio a las otras culturas. Lo africano es bajo respecto a lo europeo, el semitismo es inferior al cristianismo, y sin embargo, la tradición antigua afirmaba que el mundo europeo tenía esas raíces. Por eso la “casta aria” parece haberse visto en la necesidad de crear esa nueva historia la cual afirmara que el origen de su cultura era la Europa misma y no una venida de lo que ellos consideraban como inferior.

 Lo que sucedió entonces es que hubo un cambio de paradigma respecto a lo que entendemos como la ciencia que estudia la historia. La historia misma no cambio, los hechos que sucedieron siguieron siendo los mismos, con las mismas características y rasgos, pero fueron vistos y tomados a partir de ese entonces desde otra perspectiva, desde otra manera de ver las cosas. Kunh mismo reconocía así los cambios de paradigma, cuando suceden, no es que las cosas o fenómenos empiecen a funcionar de otra manera, sino que simplemente se cambia la manera en que se ven, entienden y comprenden. La historia en sí entonces no cambio, sino que cambio el discurso sobre cómo entenderla y concebirla.

 Pero ¿cómo pudo adaptarse toda una cultura a entender las cosas de una manera distinta a como lo habían entendido hasta entonces? La educación que en las distintas sociedades se recibe tiene una importante implicación en tal hecho. Martin Bernal dice:

Lo corriente es que los estudiantes sean introducidos poco a poco en las materias que se disponen a trabajar, como si fuera un misterio que se les va desvelando gradualmente, de suerte que, cuando llega el momento en en que están en condiciones de ver su campo de estudio en su integridad, se hallan tan embuidos de prejuicios y esquemas de pensamiento convencionales, que les resulta prácticamente imposible poner en cuestión las premisas más elementales.2

Así, podemos ver como es que generalmente las disciplinas dadas están ya determinadas por una serie de características que se predisponen para aprender, las cuales manejamos de acuerdo a como se han determinado las cosas y por lo tanto, sólo obtenemos los resultados ya conocidos de antemano.

 El modelo ario fue en algún momento de la misma historia sacado a la luz, a pesar de que de él nunca antes se había oído hablar, se introdujo en los programas de estudio de las sociedades occidentales y la ciencia de la historia cambio totalmente. En ese sentido no podemos decir que tenemos una noción del todo certera acerca de cómo han transcurrido los hechos de nuestro pasado, sino que esos hechos han sido trastocados y arreglados a manera de la conveniencia para cierto tipo de tradiciones y aspectos sociales.

 Siempre se nos habla y se dice que la cuna de la historia de occidente se encuentra ubicada en la antigua Grecia; pero nada se dice de que antes de Grecia, los egipcios llevaban ya años de civilización y que muchos rasgos de su cultura se han hallado también en los griegos, tal y como Bernal lo asegura en su trabajo. No es difícil imaginar que si ambas culturas comerciaban y tienen aspectos semejantes en sus formas de vida, la cultura griega retomó muchas características de los egipcios si ellos existían en el mundo desde mucho tiempo antes que los griegos.

Es interesante hacer este tipo de análisis y poner en duda o cuestión todos esos aspectos de nuestra historia y nuestra cultura. No porque se nos enseñe que occidente es lo mejor del mundo se ha de dejar por completo de voltear a ver qué más podemos encontrar. Occidente es una cultura joven respecto a otras más que en tal caso, no estaría nunca de más analizarlas y ver, tal como lo ha hecho Bernal, que muchas cosas que consideramos nuestras pueden provenir de donde menos lo esperemos.

1Tomando como definición de ciencia normal lo que Thomas S. Kuhn consideró en su obra La estructura de las Revoluciones científicas: La investigación basada firmemente en uno o más logros científicos pasados, logros que una comunidad científica particular reconoce durante algún tiempo como el fundamento de su práctica ulterior.

2Atenea Negra, Volumen I, La invención de la antigua Grecia, Barcelona, CRÍTICA, p. 31.

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